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divendres, 20 de febrer del 2015

NOTICIAS DE ANTONI CASAS ROS



 



Si hay un autor que últimamente me ha fascinado, ese es Antoni Casas Ros (Perpiñán, 1972). De padre catalán y madre italiana, escribe en francés y ha vivido en Perpiñán, Barcelona, Niza, Génova y actualmente en Roma. Su obra está impregnada del perfume de todas estas ciudades, comprendidas no casualmente en el viejo arco mediterráneo donde en algún tiempo que imagino soleado y primaveral, florecieron las voces de trovadores y juglares.

Con su primera novela, El teorema de Almodóvar (2008), me sorprendió y remeció como lector, tales eran la potencia y la furia de un relato autobiográfico rasgado de dolor y lirismo que la crítica literaria en España no supo cómo recibir, preocupándose más en averiguar la identidad del autor que en sopesar la indiscutible calidad literaria de la obra. Alimentó las sospechas el hecho de que Antoni Casas Ros no realiza apariciones públicas y que no exista ninguna fotografía que dé cuenta de su existencia. De hecho, esta voluntad de invisibilidad es explicada en la trama misma de esta novela: Un desgraciado accidente de coche producido al intentar esquivar un ciervo que se les cruzó en el camino, la noche en que se graduaba como matemático y en donde falleció su compañera, una joven de 20 años, lo dejó en estado de coma por largo tiempo, desfigurando su rostro completamente.

Esta situación terrible y casi cinematográfica, empujó a los más perspicaces, siempre numerosos, a dudar de la existencia real de Casas Ros, sospechando que se trataba de una máscara creada por otro escritor presuntamente barcelonés muy dado al juego de los despistes, los heterónimos y la mezcla de ficción y realidad. De hecho, no hubo mayores reparos en señalar a Enrique Vila-Matas como el creador del entuerto, cosa que fue inmediatamente desmentida de manera enérgica por el autor de Bartleby y compañía.

Ajeno a estas polémicas extraliterarias, Antoni Casas Ros regresó con Crónicas de la última revolución, publicada en castellano por Seix Barral en noviembre de 2012, superando las expectativas creadas y convirtiéndole en una suerte de amuleto, en un sortilegio, en una estrella distante de quien espero con ansias sus nuevos brillos. (Y sí, Casas Ros también es fan de Roberto Bolaño, a quien menciona e interpela en estas dos grandes obras que comentamos.) Y es que en Crónicas de la última revolución nos encontramos con un texto intensísimo, provocador, sugerente, lleno de poesía y sutileza, en donde el erotismo es luz, vida y muerte, y en donde revelaciones de tipo cuántico, ramalazos oníricos y libres posicionamientos vanguardistas, se incorporan como ráfagas sobre la narración, como oleadas de dudas, objeciones y fragmentos que perpetran un cuestionamiento lúcido y perturbador sobre el significado y los límites de la conciencia y la vida en sociedad. Carpetazo total al racionalismo y al positivismo decimonónico, con Casas Ros nos lanzamos como por un tubo en los horizontes posibles de un desconcertante y fascinante siglo XXI, cuyos sorprendentes avances en el plano de la ciencia y la tecnología, guardan tan poca relación con la rigidez, el dogmatismo y la miseria que se imponen en el plano de la economía, la política, la cultura y los derechos de los seres vivos que pueblan el planeta.

Por último, una advertencia: El lector convencional que desee leer un relato unificado, ameno, sencillo, dotado de un principio y un final reconocibles y en donde el concepto que define la Revolución se emparente con los "buenos deseos de un mundo mejor" que, supuestamente, debería expresar toda poética, que no se asome a esta obra. No es apta para paladares cartesianos ni para gourmets de las diferentes bandejas del realismo, ni menos para quienes buscan en la lectura entretención ligera o historias conmovedoras. No obstante, quien a pesar de no sentirse preparado para vivir la Revolución que propone este autor, igualmente desee arriesgar y lanzarse en una aventura imprevisible, contará con un gran aliado y amigo en el camino: La calidad extraordinaria de la escritura de Casas Ros, que hace que cada página leída tenga valor en sí misma, mucho más allá de la interpretación que cada uno desee dar al conjunto de la obra.

Por descontado, un hallazgo de esta naturaleza no tiene lugar ni cada día ni cada mes, y me atrevo a decir que ni cada año. Antoni Casas Ros es absolutamente excepcional.

Como botón de muestra de su prosa rica y seductora, aquí dejamos a nuestros lectores y amigos con un par de perlitas extraídas de Crónicas...:

"Basta de medias soluciones, basta de discursos moralizadores, basta de idealistas que quieren salvar el mundo del caos. La perversidad humana, la vanidad, el orgullo, el dinero, el poder, son los verdaderos motores del mundo, Una única solución: 'La última revolución! ¡El caos! Después, tal vez el hombre pueda sacar partido de la destrucción extrema y renacer. Si fracasa, el mundo será por fin silencioso y flotará en el azul del cielo sin satélites para filmarlo. El océano pertenecerá al cielo, las selvas a los ríos, los hielos al azul profundo. Todo el conocimiento humano, toda la creatividad, el genio, como una melodía que se pierde en el abismo de los volcanes. Hay fuego en nuestro interior, que nos consuma, que transforme muestra vanidad en una corriente de lava que escape al cielo en busca de los indecible." (pág. 143-144).



América y el mundo occidental son un gran supermercado donde no tengo nada que comprar"! (pág. 1549

"Los conceptos son tabiques estancos que impiden la libre circulación de las emociones, los seres, las sensaciones". (pág. 131)



        
JORGE MORALES
Girona, marzo 2014-febrero 2015.

dissabte, 17 d’agost del 2013

La nieve cae sobre la calle

El Ayuntamiento planificó el esqueleto del nuevo trazo urbano y las máquinas realizaron el trabajo: cortar árboles, derribar una vieja casa de campo, levantar postes de electricidad. En el muro de una escuela se colocó una placa y, abierto el camino, el civil Jorge Morales –poeta y agitador chileno, autor de intervenciones notables y editor de El Llop Ferotge– hizo el resto: le dio espesor de símbolo a la urdimbre de trayectos y señales de la ciudad. La calle Roberto Bolaño Ávalos se inauguró la mañana del 18 de junio a las afueras de Girona, en un entorno que perfila zonas de jardines, juegos para niños y una rambla.
Por segunda vez, ahora de manera audaz, el nombre de Bolaño rige en un lugar público del territorio catalán. En una sesión de pálida picaresca, en 2008 fue abierta en su memoria la sala de actos de la biblioteca comarcal de Blanes, localidad donde el escritor radicó su última sede literaria. El día que se inauguró la sala, los lectores reclamaron por lo bajo que “Roberto Bolaño” debía llamarse, por lo menos, la sala de lectura de la biblioteca, la sala de un hospital donde hubiera pacientes aburridos o bien la playa del pueblo costero. El mismo Jorge Morales alzó la voz –lo recoge Enrique Vila-Matas en una crónica– para preguntarle a la autoridad, en la persona del alcalde, quizá en nombre de los extranjeros, de los sudacas de savia romántica, “qué tenía que hacer un escritor como Bolaño para que la biblioteca comarcal llevara su nombre”.
Aunque sabía penetrar en los porosos espacios de lo imaginable, es improbable que a Bolaño se le ocurriera que algún día su nombre saltaría a la calle. A salto de mata, en Girona tenía como horizonte de futuro la fecha del permiso de residencia. Tal fue la fortuna posterior que aparece, incluso, en lugares donde nunca vivió: en La Serena, Coquimbo, Chile, existe el Pasaje Roberto Bolaño, una cortada que desemboca en la calle Eduardo Anguita, la que a su vez se encuentra con la más amplia Braulio Arenas y, a su paso, Gabriela Mistral. Sin la idea absurda de que en el aireado barrio Domeny de Girona una calle se llamaría Roberto Bolaño Ávalos, vivió en el casco antiguo en los tempranos años ochenta: allí encontró la soledad y la esperanza –como su personaje Anne Moore–, la escritura que decantaba a nuevas estaciones y épocas, el “pabellón silencioso de la Universidad Desconocida”. El narrador comenzaba a tomar forma, implosiva y definitivamente, en los claroscuros del poeta. De aquellas temporadas duras, raspadas por la angustia, queda constancia en los textos que provienen o regresan a ese paraje: “Prosa del otoño en Gerona”, que publicó con sus poemas; Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, novela que escribió en colaboración a distancia con A. G. Porta; la efímera revista de poesía Berthe Trépat, que editó junto con Bruno Montané; seguramente en la correspondencia (desconocida) con Enrique Lihn y en las cartas que dirigía a su hermana Salomé.
Previo al final feliz que reunió a un público minoritario, el homenaje a Bolaño comenzó mucho tiempo antes del ágape y el brindis inaugural. La calle tuvo idas y vueltas, anuncios entusiastas, suspensiones apesadumbradas y, a toda hora, una gran honradez humorística. Es un camino abierto, desde el principio, para que den un paseo quienes respiran en lo adverso, en la marea de las posibles malas artes del fracaso. El organizador del homenaje, Jorge Morales, parece ver las cosas como un perdedor nato que asiste, de cara al Mediterráneo, a la comedia del mundo. Tras algunas peleas con los regidores de cultura del Ayuntamiento de Girona, decía en diciembre: “Cuando ya lo teníamos todo y habíamos cursado las invitaciones, nos hemos quedado de piedra al comprobar que la calle Bolaño no existe aún. Es, como dicen en Chile, un peladero en toda regla, una zona de campo llena de barro y hierbajos.” Así acababa: “En estas condiciones no es posible realizar ninguna inauguración ni menos un homenaje. A menos que el respetable público quiera asistir con botas de excursionista y tenida deportiva para perderse en los barriales de la periferia gironina.” Entretanto recibió una llamada de la Embajada de Chile, que pretendía filtrar al acto homenaje, planificado para el pasado enero, una representación diplomática que encabezaría Sergio Romero, a quien Morales recordaba haber visto –de chico, en la tele– como ministro de Pinochet. Fiel a la causa bolañiana más integral, fue rotundo: “Les dije que no queríamos la presencia de Sergio Romero,  que si venía lo íbamos a abuchear  y que el acto fracasaría.”
Con el tiempo cambió la pisada, los trabajos de construcción de la calle perfilaron buenos augurios, la “imagen fantasmal” cedió a un lugar bonito y la inauguración tuvo otra fecha. A la hora del acto, el Ayuntamiento falló: faltaban las sillas, las mesas, el equipo de sonido, los micrófonos para los músicos. Morales estaba furioso y el editor Jorge Herralde le encareció que no sufriera: a Bolaño, le dijo más o menos, le habría gustado que así fuera el espectáculo (entrañable, paciente, reñido con la logística municipal). Llegó un audio de emergencia, pasó el desasosiego y, ya en la hora emotiva, se dio comienzo al programa. Subieron al estrado el librero Guillem Terribas y luego el cineasta Isaki Lacuesta, ambos locuaces. Salomé Bolaño Ávalos, única sobreviviente de una familia en la que se han marchado todos, leyó en su tono chileno y sencillo una selección de las cartas que su hermano le enviaba a México desde Girona, y sucedió el escalofrío epistolar. Ignacio Echevarría continuó el capítulo de comedia, Herralde fue parco, y vinieron los recitales de Patti Smith y de Bruno Montané, quien hizo resonar a lo largo de la calle el poema “La cantera de las manos”, escrito con Bolaño en Barcelona en la primavera de 1977.
Los rockeros uruguayos llegaron cuando la fiesta había acabado, no descifraron las oscuras indicaciones del autor: “Al final de la calle, en la esquina, hay una cabina telefónica y esa es la única luz al final de la calle.” Entre el público había amigos, había musas, árboles que un día serán fuertes, estaba Ricardo House rodando un próximo documental, estaba el señor de Hermosillo que se parece a Amalfitano, a la versión octogenaria de aquel filósofo solitario también radicado en Hermosillo, como se cuenta en 2666. Sin saberlo, como los críticos archimboldianos, para encontrarse allí, los presentes “caminarían por las variopintas calles que el futuro les tenía reservadas”. Acabada la función, todos deshicieron el camino, dejaron la calle y volvieron a sus casas, vino el largo tiempo del verano. Un día caerá otra vez la nieve sobre Girona y la ciudad tendrá el sentido cristalino que le había dado Bolaño. ~


                                                                                                                  IGNACIO BAJTER

                                                                          (Publicado en Letras Libres, nº 121, octubre de 2011)

dimarts, 16 de juliol del 2013

SOBRE LOS 50 AÑOS DE "RAYUELA"



Este año recordamos a Julio Cortázar y los 50 años de su libro más famoso y universalmente aclamado: La rompedora novela Rayuela. Mi opinión es crítica y, por ello, quiero antes aclarar que por supuesto considero a Cortázar un referente indiscutible, un pionero que abrió caminos nuevos para la literatura, incorporando el humor y el erotismo a una realidad cultural latinoamericana más bien plana, oscilando siempre entre la épica social y el arte por el arte, y presa de una seriedad más bien contraproducente. Sin duda, sin Cortázar no habrían sido posibles ni Bolaño ni Vila-Matas, pero considero necesario puntualizar algunas cosas, sobretodo con respecto a Rayuela, desde una perspectiva personal y crítica.

Leí Rayuela por primera vez el 2002, tenía 27 años y llevaba un año en Europa, sin intención de regresar a mi país natal y sin más plan de futuro que vivir celosamente el presente más inmediato, sacándole el jugo a las horas del día que se hacían breves entre lecturas, cine, exposiciones de arte y aprendizajes variados. Quiero decir que estaba como nunca receptivo a los influjos de la literatura. Con 18 años había leído El perseguidor, La noche boca arriba, Queremos tanto a Glenda, Todos los fuegos el fuego, y algunos poemas de Julio Cortázar, que habían dejado una honda huella en mí, pero todavía no me encaraba con Rayuela, a pesar de los comentarios fervorosos de múltiples amistades, de los padres de algunos amigos -toda gente de izquierda-, de algún profesor del instituto, y sobretodo, de los románticos suspiros de amigas de mi generación, enamoradas todas de Julio y convencidas por supuesto de que Rayuela era mucho más que la obra maestra de un autor inmortal, era o debería de ser el centro del canon para todo joven despierto que soñara con cambiar el mundo.

Por todo ello, cuando por fin tuve entre mis manos este libro sacro en una modesta edición de bolsillo de Plaza y Janés, lo hojeé primero por los cuatro costados con la vergüenza de no haberlo leído antes, dispuesto a mentir de que lo estaba releyendo, si alguno de mis colegas me sorprendía. De este modo, emprendí la lectura de Rayuela armado del mismo espíritu y la misma emoción con que los caballero artúricos cabalgaban en busca del Santo Grial, esperando ser dignos de recibir una iluminación mágica y trascendental.
 
Sin embargo, mi primera lectura fue una apabullante decepción: Planea sobre la superficie del texto una mezcla sospechosa de neo-romanticismo un tanto cursi, humor surreal y coqueteos con el absurdo, para ofrecer una visión naïf de la realidad tanto europea como latinoamericana, pues, por ejemplo, excluye, ignora o subestima la violencia que se esconde tras nuestras construcciones sociales. Tampoco conecté con los personajes principales: ni con La Maga -Una eterna quinceañera que sale a caminar sin paraguas bajo la lluvia torrencial como eso si fuera el summum de la poesía- ni con Oliverio -un prepotente intelectual perdido en la contemplación de su ombligo-. Por otro lado, está siempre presente el tema de la nostalgia desprendiéndose a trozos de los diálogos y las reflexiones a cada rato. Pero se trata de una nostalgia no siempre natural, sino de una nostalgia nacida más bien de la idealización de la Historia, de la contemplación de sí mismo en el espejo reluciente y moderno de la ciudad de Paris, que seduce irremisiblemente a los personajes latinoamericanos de Rayuela con el boato, la elegancia y magnificencia de su arte, su belleza y su historia, generando una especie de nuevo síndrome de Stendhal que se caracterizaría más o menos por esa atormentada nostalgia de ser argentino en París, o de ser latinoamericano en París. En cualquier caso, el dudoso imán de París juega aquí un papel fundamental.

Tendría posiblemente que preguntarme cómo fue que esta novela se convirtió en el buque insignia de toda una generación. De momento no lo haré. Prefiero seguir explicando mi historia con Rayuela. Por mi parte, fue necesaria una segunda lectura, tres años después, para valorar y disfrutar de Rayuela sus virtudes: el alto contenido poético de sus páginas, la autenticidad de su expresión y el carácter lúdico que la alienta (con mayor o menor acierto) desde al principio al final, elementos todos que bastan para explicar la alta valoración que recibió de parte de los lectores durante tantos años, y que incluyen páginas enteras de un brillo espectacular y de un encanto indiscutible. Insisto: Julio Cortázar es un enorme poeta y supo expresar muy bien aquello que deseaba: Tal y como lo hace en Historias de Cronopios y de famas, se convierte en el portavoz de un tipo de gente -la gente de izquierda que quería cambiar el mundo, la del mayo del 68, la juventud con preocupaciones intelectuales y artísticas- que necesitaba esta obra para verse retratada, para sentirse diferenciada del resto del mundo que vive una vida burguesa y sin mayores dudas ni dolores de cabeza existenciales.
 
Los 50 años de esta gran obra deberían servir para leerla y releerla, pero libres de las etiquetas, los juicios apresurados, las expectativas desmedidas, las lecturas politizadas y el fervor casi religioso con que fue dotada por sus primeros lectores: los soñadores y los rebeldes de los sesenta y setenta, los que quisieron construir sus sueños "a mano y sin permiso" como cantaba Silvio, y que subieron a los altares a esta novela, consagrándola como ícono literario y cultural. Despojada de todas estos lastres, podremos leer Rayuela con ternura, disfrutándola, como quien besa a un padre anciano y amado que supo en su momento romper los moldes, exigiendo la participación del lector y revolucionando de manera radical las estructuras tradicionales del género para ofrecer una obra que, situada mucho más allá de clasificaciones y análisis, se trata, sencilla y poderosamente, de la primera gran novela universal del continente latinoamericano que alcanza una edad madura absolutamente vigente, y más abierta que nunca para ser re-valorada, re-descubierta y matizada por las nuevas generaciones de lectores, de acuerdo a la compleja realidad de nuestro tiempo.

JORGE MORALES

dilluns, 13 d’octubre del 2008

La Sala Roberto Bolaño

El pasado sábado 4 de octubre, tuvo lugar en Blanes un homenaje a Roberto Bolaño, en el cual se descubrió una placa que dará su nombre a una sala contigua, dentro de la Biblioteca Comarcal de Blanes. Este acto, que coincide con los cinco años de la muerte del autor de "Los detectives salvajes", nació rodeado de la polémica, pues la idea original había sido bautizar a la biblioteca con su nombre, atendiendo a la realidad objetiva de que en Blanes no ha habido otro escritor de semejante talla universal. El hecho es que luego de años de debate, se decidió dedicarle sólo una sala, por la sencilla razón de ser Bolaño de origen latinoamericano, y no catalán, a pesar de haber vivido 20 años allí y de haber dejado una mujer y dos hijos. A continuación ofrecemos dos crónicas de lo sucedido aquel día, firmadas por Juan Varias García y por Enrique Vila-Matas. Y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Recordando a Roberto Bolaño

Sábado, 4 de octubre de 2008.

A las 18.40 llegamos Jesús, Pilar y yo a la Biblioteca Comarcal de Blanes para asistir a la inauguración de una sala con el nombre de nuestro querido escritor, al que la ciudad quiere rendir homenaje en un acto en el que deben participar Antoni Garcia Porta, Enrique Vila-Matas y Rodrigo Fresán.

En el vestíbulo principal aguardan ya unas quince personas. Junto a la puerta de acceso a la sala, en la pared, una cortinilla cubre la placa conmemorativa. A medida que se acercan las siete de la tarde, van entrando más personas. Afuera, con paso lento, camina hacia la biblioteca Enrique Vila-Matas, flanqueado de Antoni Porta -el amigo de Bolaño, autor con él de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (aquel debut literario de 1984)- y de alguien que se parece a Rodrigo Fresán, pero que no lo es. Por fin llegan. Para cuando entran el vestíbulo ya está repleto de gente: mayores de 40 o 50 casi todos. Único, ese chico de larga melena morena, algo menos rizada que la de su madre; es Lautaro, el hijo adolescente (18 años) de Bolaño. Un señor de cabello blanco, perfectamente trajeado, recibe a Vila-Matas, a Porta y al sosias de Fresán. Se unen a Carolina López (la viuda de Bolaño), a su niña, Alexandra (6-7 años) –siempre cogida de la mano de su madre-, y a Lautaro. Rápidamente, la bibliotecaria aparece junto a la placa, con un micrófono. Continúa leyendo... Movimiento de cuerpos hacia la zona. La expectación es inmensa. Revuelo de fotógrafos que disparan sus flashes enfocando a Carolina, Alexandra y Lautaro, quienes posan visiblemente cohibidos, como abrumados por la concurrencia, sonriendo benévolos, agradecidos. La bibliotecaria pide atención. Muy breves, sus palabras inauguran la sala, descorriendo la cortinilla que tapaba el rótulo: “Sala d'Actes Roberto Bolaño (Santiago de Xile, 1953-Blanes, 2003). ‘Yo solo espero ser considerado un escritor sudamericano más o menos decente que vivió en Blanes y que quiso a este pueblo’. Del llibre Bolaño por sí mismo”. Seguidamente, se nos invita a pasar a la sala.

Buscamos asiento lo más cerca posible del estrado –hay tres filas de sillas reservadas-. Comienza el acto con un parlamento del alcalde (“Convergència i Unió”), “Il·lm. Sr. Josep Trias i Figueras” –reza la invitación- (el señor de cabello blanco, perfectamente trajeado), quien lee un discurso en catalán que inicia rememorando a Joaquim Ruyra, el narrador de cuentos nacido en Girona en 1858, muy vinculado a Blanes -donde tenía casa de veraneo-, en cuya vida literaria y cultural participó activamente, hasta el punto de querer ser enterrado aquí en 1939. Luego se dedica a glosar, muy por encima, la estancia de Bolaño en la villa. Lo hace muy serio, monótono, sin expresar ningún sentimiento, limitándose a enunciar el reconocimiento oficial que presumiblemente él no ha escrito, el reconocimiento de que Bolaño fue un ciudadano de Blanes, donde se sintió a gusto, y donde escribió una obra que la ciudad le agradece y por la que le homenajea ahora, orgullosa de que la hubiera elegido para vivir. Fin del discurso. Aplausos y el alcalde se retira de la mesa para ir a sentarse en una de las sillas de la primera fila, junto a Lautaro. Carolina está sentada en el extremo de la fila; a su lado, entre ella y su hermano, Alexandra. En el estrado, se levantan los tres participantes en el coloquio, para resituarse: a la izquierda del espectador Porta, a la derecha Vila-Matas, y en el centro el sosias de Rodrigo Fresán, quien enseguida nos dice que aunque se le parezca en la calva y la cara redonda es Miquel Adam, aprendiz de escritor y editor, a quien le han encargado moderar el acto.

Pero el joven Adam de inmediato se nos revela como alguien muy distinto a un “moderador”. La combinación de entusiasmo ilimitado y de nerviosismo de este inexperto tertuliano propició que el coloquio se desarrollase de un modo inusual: rico de ideas y sentimientos, comprometido –la agitación de Adam disparaba su osadía- y muy divertido. Pregunta enfebrecido, sin pudor, acerca de todo sobre Bolaño y sobre cómo escribir. Vila-Matas se siente aturdido (se le nota en la expresión) por la velocidad con que el joven “letraherido” formula sus preguntas, pero con paciencia recibe las sucesivas rachas inquisitorias, hasta que, tras una nueva serie interrogativa del incisivo y simpático Adam, impaciente éste ante el silencio estupefacto de los dos escritores, que le lleva a conminarles a que digan algo (“¿por qué no dicen nada, por qué ofrecen esa resistencia a mis tentativas averiguadoras?”), Vila-Matas ya no puede más y estalla, en tono educado –es todo un señor-: “Si es que yo todavía estoy en la pregunta anterior, si es que usted no da tiempo a reflexionar sobre lo que ha planteado; yo aún estoy pensando en ello y usted ya formula otra cuestión”. Risas.

Antes de ese torrente desbordado de inquisiciones acerca de quiénes aprecian a Bolaño (“¿Los que tienen menos de 40 años, como dice Volpi?”. “Eso es una tontería”), de su calidad como poeta o cuentista comparada con su calidad como novelista (“Cuentista a la altura de Borges”, sentencia Porta; “Cuando me enseñaba sus poesías hace 25 años no las entendía. Hoy su poesía me parece magnífica”, añade), de la indiferencia por su obra de los monstruos Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, de las extrañas estructuras de su literatura (“¿Qué opinan ustedes de las estructuras?, ¿de la estructura de paraguas de 2666?; “La estructura es algo que uno copia de otro, que puede ser uno mismo que se ha inventado una estructura, pero que luego ésta se pierde; la estructura es algo que uno cree que necesita para empezar a escribir la novela o el cuento”, Vila-Matas dixit; “Cuando Roberto me enseñaba sus dibujos con sus estructuras, como ese dibujo del paraguas, yo no entendía nada; para mí esos dibujos son ininteligibles”, dice Porta), del trabajo de documentación (“Recientemente, estando en casa de Carolina, me llamaron la atención todas esas carpetas llenas de recortes, de artículos, de apuntes… Yo me siento directamente ante la pantalla y me pongo a escribir…”; “A usted le asombra porque usted pertenece a las nuevas generaciones educadas en la ausencia del esfuerzo, educación que los profesores vienen fomentando. En cambio, las generaciones anteriores, la de Bolaño y la de Porta, la mía, fuimos educados en la cultura del esfuerzo”), antes de todo eso, Miquel Adam había empezado, tras el exorcizador parto libresco de la maleta, provocando a Porta y Vila-Matas con la clasificación genial del eximio chileno: “Sólo puede haber dos tipos de escritores buenos: los que pertenecen al lumpen y los aristócratas. ¿Usted, señor Porta, se reconoce como del lumpen?” –cara de perplejidad mayúscula del coautor de Consejos de un discípulo de Morrison…- .“¿Y usted, señor Vila-Matas, se reconoce aristócrata?” –sonrisa irónica del doctor Pasavento-. “Yo, que no soy escritor, si lo fuese, cuando lo sea, estaré en el grupo de los escritores malos, de los escritores mediocres: el de la clase media”. Vila-Matas respondió diciendo que últimamente ha tenido que desmentir algo que se le ha atribuido falsamente: el haber afirmado que si desaparece la clase media él no lo va a sentir. “Hasta mi padre me llamó por teléfono para exigirme que retirara eso”. Risas unánimes en la sala, mientras el escritor se declara perteneciente a la clase media del Eixample barcelonés.

Son las 20.30. Miquel Adam pide un “epitafio” para cerrar el coloquio. Vila-Matas esboza un gesto de desagrado; supongo que no le ha gustado, como a mí, la palabra “epitafio”. Sugiere que se brinde al público la ocasión de decir algo. Un señor pregunta qué opinan los tertulianos sobre la publicación póstuma de textos inéditos. Vila-Matas, después de decir que no entiende la pregunta –me pareció que sí la había entendido, pero que quería confirmar si la pregunta iba con alguna segunda intención-, repetida en los mismos términos, argumenta que todo lo que se publique, sea lo que sea, no altera el valor de la obra conocida, que cuanto más se sepa de un escritor, mejor. Dicho lo cual, un latinoamericano, desde el fondo de la sala, levanta el brazo para pedir la palabra: “Yo me pregunto, después de haber oído los elogios que aquí se han hecho de Roberto Bolaño, la alta valoración de su literatura, la veneración de su poesía, sus cuentos, sus novelas, los indiscutibles méritos que le han valido que hoy se le dé su nombre a una sala de esta biblioteca, yo me pregunto cuáles serán los méritos del gran escritor que finalmente dé nombre a la biblioteca”. Necesariamente, el moderador Miquel Adam dice que ése es el “epitafio” que él pedía para concluir el acto.

Luego pasamos al jardín trasero del vestíbulo donde han preparado un refrigerio. Nos acercamos Jesús, Pilar y yo a saludar a un colega de Lourdes –hoy ausente-. Bernat nos habla de la tertulia literaria que desde hace 20 años celebran un grupo de profesores y amigos de Blanes; empezaron reuniéndose alternadamente en casa de cada uno, y ahora lo hacen en el bar “Romaní” de Lloret. Bolaño asistía a esa tertulia, y mostraba siempre un gran interés por lo que leía todo contertulio, por las opiniones y comentarios de quienquiera y acerca del libro que fuese, enfatiza un compañero de Bernat, admirado de que Bolaño le dijese a él, cuando disculpaba su modesta cultura literaria, que se dejara de tonterías, que le contase, que quería saber del libro que había leído, aunque ese libro se pudiera considerar “malo”. “Porque Bolaño -añade Bernat- lo aprovechaba todo. Era una esponja”. Mientras seguimos conversando, Bernat ve a Emilio, amigo de Anselmo (el profesor de filosofía con quien Bolaño compartió muchas horas de conversación y amistad los primeros años de Blanes). Bernat, nos lleva hacia Emilio, también amigo de la familia Bolaño, para presentarnos a Jesús, Pilar y yo como bolañistas de Barcelona, “los fans de Bolaño amigos de Lourdes”. Y Emilio, de inmediato, nos conduce hacia Carolina, para que la conozcamos. Sonríe. Muy afable, departe con nosotros. Busco su opinión sobre el discurso del alcalde, sobre el sentido del recuerdo de Joaquim Ruyra, cuya relación con el homenaje a Bolaño me pareció apenas establecida, sólo de modo indirecto (el sustrato literario de Blanes) y débil. Carolina sonríe. Pero cuando paso a señalar la intervención última del latinoamericano, ella, sonriendo una vez más, coincide en nuestra apreciación de que la pregunta ha sido un dardo certero, una brillante conclusión, y añade: “hay bastante política…”.

La gente se ha ido marchando. Nosotros hubiéramos continuado gozosos la plática con Carolina. Sin embargo, nos parece que ella y sus hijos desean retirarse. Nos despedimos. Salimos juntos, los últimos, casi empujados por el conserje, quien cierra la puerta de la biblioteca contra nuestras espaldas. Me voy con la impresión final de que un dardo afilado de la literatura de Bolaño ha ido a clavarse en el alcalde.

Juan Varias García. Barcelona, 8 de octubre de 2008.

P.S.1º (10 de octubre 2008). Acabo de leer a Antonio Baños en “Exit. El Periódico” –on line-: la madre de Roberto Bolaño murió el día antes del Homenaje.

diumenge, 7 de setembre del 2008

Editorial Llop Ferotge nº 8: Especial Bolaño

Si ha habido un poeta en los últimos años, que por su obra y trayectoria, haya sido capaz de despertar la admiración y el entusiasmo a nivel internacional, ese fue Roberto Bolaño. Nacido en Chile en 1953, y fallecido en el Hospital de la Vall d’Hebrón en julio de 2003, Bolaño vivió en Girona a mediados de los 80, para radicarse luego en Blanes, donde nacieron sus hijos Lautaro y Alexandra, y donde escribió la mayor parte de una obra literaria que se eleva a alturas de vértigo, con títulos como “Los detectives salvajes”, “2666” o “Nocturno de Chile”. Y si bien fue por su obra narrativa con la cual conquistó el unánime reconocimiento del público y la crítica, hay que señalar que Bolaño siempre fue, ante todo, un poeta, y su extensa obra lírica, es de un valor que no ha sido ponderado con justeza, más allá de “Los perros románticos” o “Tres”. Bolaño también dejó una importante obra ensayística, reunida en el volumen “Entre paréntesis”, publicada en forma póstuma, y que es un verdadero tratado de literatura: En ella, el gran escritor nos descubre sus vastos y sorprendentes viajes por el mundo de los libros, así como su posición frente a la cultura y a la historia.

Entonces, es con el conjunto de su obra, con el que Roberto Bolaño logró, y en muy poco tiempo, (pues sus andanzas editoriales de verdad comenzaron en 1996, con “Estrella distante”) traspasar los límites de la lengua castellana, para convertirse en uno de los primeros clásicos universales del siglo XXI. Así lo sostiene, por lo menos, la crítica más exigente, las voces egregias de personalidades tan altas como Enrique Vila- Matas o Susan Sontag, y los miles y miles de lectores que agotan sucesivamente, una y otra edición de sus libros.

No obstante, este particular homenaje que Llop Ferotge realiza a Roberto Bolaño, y que nace, básicamente, de nuestra pasión de lectores, tiene mucho que ver también, con un reconocimiento al tesón y la valentía de nuestro autor. Pues los citados méritos de este poeta, en sólo 50 años de vida, brillan aún más cuando consideramos las condiciones de producción de su obra, marcadas por circunstancias vitales difíciles, llenas de escollos, que no fueron impedimento para la construcción de una obra literaria tan trascendente, vasta y necesaria.

Por ello, y a cinco años de su partida, hemos reunido en este número, a un grupo de autores de procedencia variada que, en registros diversos que van desde el homenaje a la crítica literaria, desvelarán diferentes aspectos del amplio universo de Roberto Bolaño, ese “perro romántico” cuyo aullido tanta falta nos hace.

Jorge Morales,
Girona, septiembre de 2008.